Saturday, April 19, 2008

Otro 14 de abril


LLegado un día tan señalado en mi calendario íntimo y particular, he de confesar que desde hace ya un buen tiempo alguien me hace reflexionar sobre la importancia del ayer, la del hoy y la del mañana; y la conveniencia de no mezclar tiempos tan diferentes hasta el punto de confundir -con la inevitable ayuda sentimental- lo que pudo haber sido y no fue con el tiempo que vivimos. Quizá sea un producto modesto y particular que he obtenido de alguna charla informal o de una reflexión expresada en un lugar mucho más trascendente. Pero la cuestión es que el resultado está ahí y que, me parece, he aprendido a combinar con acierto la importancia de las cosas que existieron un día con aquellas otras que se muestran hoy ante nosotros, además de todas esas que soñamos para un día de mañana siempre incierto.
Con independencia de todo ello; de que creo que importa más ya construir nuestro propio presente y alumbrar un futuro nuevo, no puedo dejar pasar este día sin unirme al pensamiento de Félix Santos: El 14 de abril y el patriotismo del recuerdo

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Setenta y siete años después de la proclamación de la Segunda República en la tarde soleada del 14 de abril de 1931, aquel régimen sigue siendo objeto de controversias. Es sorprendente, para empezar, que se sigan produciendo burdas desfiguraciones de lo que pasó en aquellos años, a pesar de que la historiografía solvente ha puesto las cosas en su sitio, desmintiendo las falsificaciones prodigadas durante cuarenta años por la dictadura franquista. Citemos algunas de las tergiversaciones más gruesas: que la quema de conventos de mayo de 1931 se realizó con el beneplácito del Gobierno republicano; que la “Revolución de Asturias”, de octubre de 1934, fue un alzamiento contra el resultado de las elecciones de otoño de 1933; que los comicios que dieron el triunfo al Frente Popular, en febrero de 1936, fueron trucados, o que el asesinato de Calvo-Sotelo decidió a los militares a dar el golpe de Estado.

No hay patriotismo constitucional si se niega o tergiversa la historia española
Esas falsificaciones las han reavivado estos últimos años algunos autores de nulo prestigio pero cuyos libros han tenido éxito de ventas. Y perviven en ciertos grupúsculos, como se puso de manifiesto a comienzos del pasado enero cuando un coronel del Ejército, comandante militar de La Coruña y Lugo, cargos de los que fue fulminantemente destituido, firmó un escrito en el que, entre descalificaciones de la entonces recién aprobada Ley de Memoria Histórica, sostenía que “la Segunda República no fue otra cosa que un golpe de Estado civil”. Tamaña barbaridad, y otras semejantes, han rebrotado al calor de las resistencias suscitadas por las iniciativas de la sociedad civil para rescatar de fosas comunes a familiares y amigos asesinados en la Guerra Civil y por la iniciativa del Gobierno de Rodríguez Zapatero que culminó con la aprobación por el Parlamento de la Ley de Memoria Histórica.

A pesar de las décadas transcurridas desde la Segunda República y la Guerra Civil, la reacción destemplada y visceral de significados sectores de la actual derecha social, política y eclesiástica contra la Ley de Memoria Histórica, pone de manifiesto que la verdad de lo ocurrido en aquellos años cruciales de la historia de nuestro país no es todavía aceptada ni digerida por un sector de la sociedad española. Éste sigue aferrado a las versiones de la propaganda franquista.

Frente a los intentos de seguir denigrando un periodo que alumbró una de las mayores esperanzas colectivas vividas por el pueblo español, se impone un esfuerzo adicional para que las generaciones jóvenes sepan lo que verdaderamente pasó. La Segunda República fue un serio intento de modernizar y democratizar España. Recibida con alborozo por la población en un ambiente de orden y fiesta, revolucionó la enseñanza y combatió eficazmente el analfabetismo, dando un inédito protagonismo a maestros y docentes; llevó el saber a los rincones más escondidos de la España rural a través de las Misiones Pedagógicas; favoreció el que la vida cultural del país alcanzara niveles de vanguardia; hizo una ambiciosa política de obras públicas; intentó una reforma agraria que terminara con el hambre y las flagrantes injusticias de las zonas latifundistas; llevó a cabo una necesaria reforma militar, e implantó el laicismo, tal vez de manera demasiado radical dadas las circunstancias.

Con el recuerdo de la República, combatida desde sus inicios por los sectores reaccionarios del país y liquidada por una feroz guerra civil alentada por Hitler y Mussolini, no se trata de abrir viejas heridas, sino, al contrario, de cerrarlas, pero no en falso, y de asumir el pasado para seguir construyendo un futuro bien cimentado y acorde con el espíritu de nuestra Constitución

En 1999, durante una polémica suscitada en Alemania por una exposición sobre Los crímenes de la Wermacht, el entonces ministro de Exteriores Joschka Fischer afirmó: “Todas las democracias tienen una base, un hecho fundador, un Boden. En Francia es 1789. En Estados Unidos, la Declaración de Independencia. En España es la guerra civil. Y en Alemania es Auschwitz. Es el recuerdo de Auschwitz, el nunca más Auschwitz, el fundamento de la actual república alemana”. Y proseguía Fischer: “Es bueno hablar de patriotismo constitucional, pero hay que saber en qué se basa la Constitución. Si Auschwitz no es el cimiento, la raíz, el radical de la Constitución, no hay Constitución que valga ni patriotismo constitucional posible. Sólo se puede ser patriota de la Constitución alemana si ese patriotismo es también, indisolublemente, un patriotismo del recuerdo de Auschwitz”.

Creo que los españoles debemos aplicarnos también esas consideraciones de Joschka Fischer. El nunca más a las dos Españas enfrentadas, el nunca más a una guerra civil, fundamenta nuestra Constitución. Es lo que determinó el célebre consenso. De ahí que fomentar el patriotismo del recuerdo sea tan necesario. Y que sea oportuno hacerlo en esta fecha, el 14 de abril, que conmemora la implantación de la Segunda República.

La memoria histórica no es un entretenimiento o una ocurrencia, como lo calificó, con desdén, el líder conservador Mariano Rajoy en el primer debate televisivo con Rodríguez Zapatero días antes de las elecciones del 9 de marzo. Es una necesidad ineludible conocer y recordar sin falsificaciones un pasado que, guste o no guste, sigue proyectando sus luces y sus sombras sobre el presente y sobre el porvenir.

Félix Santos, periodista, es autor del libro Marcado por la República. Guerra y exilio de Francisco Carvajal.

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Después de la batalla


Después de la batalla electoral, entre los rescoldos informativos que desprenden algo de calor estos días, aparecen noticias curiosas. Unas esperadas. Y otras que han sido barnizadas con primorosa solemnidad. Así, Zapatero será investido a toda prisa Presidente del Gobierno; Rajoy volverá a intentarlo jubilando al viejo equipo de alborotadores que le ha acompañado hasta la fecha; Gallardón seguirá teniendo para el funcionariado madrileño que integra la bronceada clase media capitalina, algo de gran esperanza blanca; Rouco Varela, moderado como nunca, felicita a los vencedores de la contienda del domingo; Jimenez Losantos, por contra, sigue expeliendo azufre por todos sus orificios practicables, olvidando como siempre que todo lo que no es un mínomo decoro está reñido con la elegancia… Y a un alto cargo del Partido Popular de Mallorca, vinculado al Opus Dei, le pillan gastándose el dinero de los contribuyentes en clubs de alterne frecuentados ¡por hombres!Pobrecillo.
Sin novedad en el frente, pues: España ha recuperado el pulso normal de cada uno de sus días. La economía nacional entra en recesión con cada telediario, amodorrada bajo el peso de los precios del mercado internacional del petroleo y de los cereales. Sí, nuestro pequeño solar ya se ha calmado una vez que el recuento de papeletas ha llegado a su fin, emigrantes incluídos.
Viví este último domingo con cierta intranquilidad. Y es que como no me fío mucho de las encuestas cuando dan resultados muy ajustados, no las he tenido todas conmigo hasta que han cantado el bingo. Así que en el colegio electoral en el que actué como interventor encendí la radio a cada hora para saber cómo iba el índice de participación primero; y luego qué decían los sondeos a pie de urna.
Vencida la zozobra con la certidumbre, ahora todo el mundo anda tejiendo análisis de futuro complicados. Los adivinos y prestidigitadores abundan en las tertulias radiofónicas y en las columnas de los periódicos. Ellos ya sabían lo que iba a pasar el domingo y son sobrados conocedores de lo que sucederá. Las palabras se transforman en una sucesión interminable de consejos dirigidos al gobierno y a la oposición. Yo, por contra y felizmente, no tengo ni idea de lo que va a suceder. Ni tampoco de lo que tienen que hacer unos u otros.
Sé que ahora habrá que seguir trabajando pensando en que, a lo mejor, hasta somos capaces de ver en España un instante en el que el laicismo se revele como una realidad asentada con cierta calma y firmeza. Sé que nos corresponderá apuntalar nuestras pequeñas conquistas; superar algunos recursos de inconstitucionalidad que deberían avergonzar a quien los interpuso. Pleitear, incluso, contra algún foro familiar hecho magistrado de carne y hueso, en defensa de la Educación para la Ciudadanía, y contra una concepción confesinal del derecho a la objeción de conciencia y ajena a una mínima idea de legalidad. No soy quién para dar tanto consejos ni para extraer conclusiones precipitadas, ya lo digo; pero sí para seguir arrimando el hombro a mi manera. Por cierto, ¿veremos por fin la Paz con mayúscula en esta casa de locos tan necesitada de silencio a momentos, y de alegría en otros?
Sí hay algo que me gustaría que sucediera en un tiempo inmediato: Anhelo poder dejar de sufrir el temblor que provoca el miedo a que algunas personas puedan tener futuro haciendo carrera en la vida pública. De momento ésta es una sensación que no he podido evitar: Recuerdo al hilo de esto a la interventora del Partido Popular que me acompañó en la mesa electoral el domingo pasado: educada, tranquila, entregada a ayudar a todos los que estábamos implicados en el mismo proceso que ella. Me pregunto ¿llegará alguna vez el día en que la gente normal, con una idea u otra, sea capaz de regir los destinos de esta España nuestra?

Libertad de expresión


Estos días de tanta zozobra electoral hemos cruzado en el blog, entre unos y otros, comentarios de todo tipo; en todo caso se ha actuado con respeto: Estoy de acuerdo, no lo estoy, tengo miedo, tengo pavor, estoy que no me llega la camisa al cuello, yo paso, no sembremos el odio, no entremos al trapo, tomemos lexatín, valeriana…
Hemos dicho lo que nos a apetecido ejerciendo eso que llamamos libertad de expresión, que no es otra cosa que poder transmitir públicamente un pensamiento previamente elaborado.
Creo que salvo en una ocasión, no he borrado nunca ningún comentario. En efecto me parece que todo ha de tener límites y que la frontera entre el insulto y la libre palabra está ya meridianamente trazada desde hace mucho.
Llegados a este punto, el otro día pude ver a María San Gil, miembro destacado del Partido Popular en el País Vasco, salir por pies de la Universidad de Santiago de Compostela. Ayer, la historia volvio a repetirse en la Pompeu Fabra con Dolors Nadal, cabeza de lista por el mismo partido en Cataluña.
Antes, las Universidades tenían la vocación de enseñar a la gente a pensar. Ahora creo que son máquinas recaudadoras de matrículas y oficinas de colocación de hijos de ilustres y demás familia, perdiendo un poco su antigua esencia. Pero, con independencia de las transformaciones que haya experimentado nuestra endogámica red univiersitaria, bien es cierto que hay gentes a las que se les ha podrido ya tanto el cerebro que no hay nada que hacer y enseñarles a pensar deviene en una empresa irrealizable.
La posibilidad de hablar, de expresar sin miedo aquello que se piensa, de actuar dentro de las reglas del respeto a aquel que no razona como tú, son elementos fundamentales de un Estado democrático, en una sociedad civilizada.
Cuando entro en la sede del Gran Oriente de Francia, en París, lo primero que uno observa al fondo del pasillo, grabado con letras doradas sobre un muro de mármol blanco, es esa frase atribuída a Voltaire, y también a Saint Exupéry, con arreglo a la cual, aunque uno no esté de acuerdo con lo que dice el vecino de enfrente, se debe batir contra viento y marea para que nadie le discuta el derecho a poder decirlo.
Pues eso: nunca se me ocurriría votar a María San Gil o a Dolors Nadal. Antes preferiría quedarme en casa sin ejercer el derecho que me corresponde en este estado de cosas. Pero nunca jamás haría nada para impedirles hablar. Me resulta nauseabundo que en sendas “casas de la razón” (la náusea sería la misma en cualquier espacio, pero una universidad añade inevitablemente un plus de repugnancia a los hechos) un ridículo grupo de alborotadores, agitadores de pasillo, embadurnadores de pared, haya hecho salir corriendo a dos mujeres que sólo querían decir a un auditorio aquello que pensaban.
Ahora me acuerdo de Ruiz Gallardón hace años, en plena zozobra antibelicista por la guerra de Irak, dejando intervenir en un acto público en el que participaba a un grupo de estudiantes que había ido a protestar por la decisión gubernamental de implicar a España en aquella invasión. Los estudiantes pudieron hablar. Pero Gallardón, a pesar del gesto, no pudo hacerlo. Su silencio obligado ridiculizó a aquellos que, desde el ejercicio legítimo del derecho a la protesta, no supieron entender en qué consiste eso de expresarse libremente.
Y a la memoria me viene también aquella algarada que le armaron los chicos de la gomina a Felipe González en la Universidad Autónoma de Madrid… Otra vez la Universidad… Entonces, la lectura hecha por algunos fue la de una juventud rebelde extenuada ante tanta corrupción. Hoy, curiosamente, los mismos exégetas, ya no hablan de juventud rebelde sino de que alguien le ha dado alas a los radicales, sacándolos de su caja de Pandora.
Sea como fuere, bien estará que llegue el día en el que uno pueda hablar sin temor a salir cobardemente lanceado como el toro de Tordesillas; y mejor estará que llegue también el momento en el que nadie intente justificar estos estallidos de estupidez y violencia, insoportables para cualquier democracia seria que quiera ser tenida por tal.
Por cierto, una gran parte de los alborotadores de la Pompeu Fabra y de la Universidad de Santiago estudiaban Derecho ¡A dónde iremos a parar!

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Seis de diciembre

Este de hoy era hace unos años un día especial. Recuerdo cuando era pequeño y se conmemoraban los primeros aniversarios de la Constitución, que circulaba una “instrucción” o recomendación para que los ciudadanos colocaran en los balcones y ventanas la bandera nacional y la autonómica. En aquellos tiempos ETA descerrajaba tiros a diestro y siniestro; y la sociedad española asistía a la incertidumbre cotidiana con la que se desenvolvían los primeros pasos de la democracia.
Me acuerdo de aquel camino de ida y vuelta por la calle Oriamendi -hoy Pérez de Ayala- camino del colegio, todavía “nacional”, o del rastro, con mi padre. Y tengo en la memoria guardado el azul de la bandera asturiana al lado de la “otra”, la que luego, más adelante, supe que había tenido un pájaro negro y se lo habían quitado, dejando atrás la cuarentena ominosa para simbolizar un nuevo tiempo en el que se habían puesto muchas ilusiones.
Todavía nadie se había atrevido entonces a robar colores ni patrias. Quizá estaba reciente el último atropello a la propiedad colectiva del país”. Nadie se habia hecho dueño de la roja insignia del valor ni del orgullo de ser de aquí o de allá. Sin embargo ahora la bandera te la reparten el doce de octubre señoras de visón o costosa peluquería, para que seas más español que nadie, y te exploten las arterias por una desmedida acumulación de satisfacción patriótica… Y la verdad ¡así no me apetece! Me quedo con Brassens (siempre lo francés en mi vida): “… En los días de fiesta nacional, me quedo en la cama igual…”
Y hoy, en este día tan especial, asisto al asalto a grito armado de la legitimidad y de aquello (espero que no sea lo único) que nos mantiene cobijados bajo el mismo cielo: Esta mañana se ha vuelto a reproducir el lamentable espectáculo de hace unos días. Nacionalistas, diputados de izquierda y el Presidente del Gobierno, han sido insultados por un grupo de “radicales” (así los llama la prensa “progresista”, ocultándoles el verdadero nombre). Traidores, amigos de terroristas… Entre tanto la turba de orden, los hijos de aquella jarca acunada entre sotanas y correajes, aplaudían a Esperanza Aguirre.
Nadie debe asustarse. No está sucediendo. Esto también es un hecho aislado, una algarada callejera en la que vocean cuatro irresponsables. En nuestra casa todo es moderación y centro. Nadie ha desparramado los huevos de la serpiente por esta España triste, polvorienta, cálida y tan propicia para que el suelo se le llene de culebras.
El cartel que aparece en el encabezamiento, colgado en Casa Pepe, conocidísimo establecimiento hostelero en pleno paso de Despeñaperros, visible desde cualquier parte por su entoldado cañí, rojo y amarillo, es otro acontecimiento puntual en la normalidad institucional que vive nuestro país.
A pesar de todo feliz día de la Constitución.

Delincuencia y castigo: un falso debate

Hace ya tiempo leí este breve artículo de Jean Michel Quillardet. Breve pero intenso. Y también aplicable a nuestro país, que acaba de quedarse a las puertas de una profunda reforma, otra, del Código Penal. Salvando las distancias que marcan la referencias republicanas y el importe del salario mínimo interprofesional en nuestros dos países, no deja de ser cierto -y coincido con la opinión manifestada- que una sociedad democrática real debe tener presentes siempre determinados principios. Hay quien se conforma con reducir el régimen de libertades al depósito de un papel en una caja de metacrilato cada cuatro o cinco años. Quienes pensamos que ser libre en una sociedad implica algo más que la destreza en el manejo de una papeleta electoral, encontraremos, creo, algo que nos gustará en el texto que he traducido y que transcribo a continuación. Como siempre, buena lectura.
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Si no se puede menos que compartir el objetivo de todo gobierno en lo tocante al respeto de la paz pública, la represión de los ataques al orden público y la desaparición de la delincuencia, sí podemos preocuparnos ante la reorientación de todo nuestro sistema judicial, que tiende a transtornar todo equilibrio basándose únicamente en el castigo, terapia considerada necesaria para el apaciguamiento de los miedos colectivos.
Bajo la influencia de la filosofía de las Luces, el sistema judicial francés llegó a consagrar el principio humanista que la institución judicial debía trasladar a la sociedad así como a aquellos que se desviaban y no encajaban en la misma.
¿Cuáles son las causas de la delincuencia?
Cada uno de nosotros sabe que hay causas con su origen en la naturaleza humana y que no pueden ser explicadas sino por psiquiatras: Se trata en este caso de transtornos graves de la libertad y de la voluntad que no podrán ser extirpados nunca basándose en la ejemplaridad de la represión, puesto que estos delincuentes, en su mayor parte de carácter sexual, integran un grupo de personas que no son dueñas ni de sus pulsiones ni de su instinto.
Existe otra causa incontestablemente social: Hoy en día ya no se plantea ningún tipo de reflexión en torno a esta inequidad notoria que se manifiesta en torno al dinero obtenido de manera fácil y en abundancia, y el modesto salario obtenido con el sudor de la frente.
Millones de euros ganados en la bolsa, recibidos cada mes como sueldo porque alguien dirige una empresa, o bien porque, a menudo como consecuencia del azar, ese alguien es una vedette de la televisión o del cine, frente a un salario mínimo interprofesional que no llega todavía a los 1500 euros, y que millones de hombres y mujeres se esfuerzan cada día en ganar. Cuando una sociedad toma como valor fundamental el éxito a partir del dinero, no debe extrañarnos que algunos para alcanzar ese triunfo lleguen incluso a la comisión del delito.
Estamos de acuerdo en que hay que combatir las mafias, las redes de tráfico de estupefacientes, la trata de seres humanos y el proxenetismo castigando estas conductas.
Sin embargo no es éste el tipo de delincuencia mayoritario que inunda los juzgados de instrucción y las audiencias.
Existen también otras causas sociales, ligadas a la integración, y asimismo al hecho de que el “ascensor social” ya no funciona, y a que progresar en nuestra sociead hoy es cada vez más difícil.
No es a través de la cárcel, o de la sanción y el castigo que logrará reducirse el volumen de la delincuencia. Por contra: sabemos que la prisión, principalmente para los más jóvenes, contribuye al contagio del crimen y a cerrar un poco más si cabe al individuo en ese ciclo de la desviación social.
Hacer creer al público que la firmeza, la supresión de toda amnistía y de toda medida de gracia, la elevación de las penas, el fin de la “minoría de edad”, tendrán el efecto de ejemplarizar y que, en consecuencia, la delincuencia disminuirá es completamente inexacto y tiene únicamente como finalidad hacer creer erróneamente que de una parte existe el bien, y de otra el mal; y que el mal no debe ser reparado sino alejado de esta sociedad bienpensante y llevado a la negra noche de las prisiones, lo cual, evidentemente, no impedirá que la delincuencia siga aumentando.
Así las cosas los humanistas no pueden hacer otra cosa que mostrar inquietud ante una política judicial que responde antes que nada, a la voluntad represiva del instinto popular para hacer frente a su miedo en vez de responder a la única cuestión que, en mi opinión, es digna del humanismo: Luchar contra la delincuencia atendiendo a sus causas estructurales, esto es, aquellas sobre las que se asienta la delincuencia misma.
La individualización de las penas, la humanización de los tratamientos, la prevención y el derecho de defensa son fundamentales en el sistema judicial humanista y republicano. Incluso aunque uno vaya contra la opinión pública, es necesario sostenerlos siempre.

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Cristales rotos, cuchillos largos

En alguna ocasión he escrito sobre la especial configuración de la extrema derecha española, diluída en el silencio tras la muerte del último dictador, y que de vez en cuando deja entrever la lengua bífida según sople el viento, o late animada en el corazón de algún partido político mayoritario. La nuestra es una situación un tanto especial: España es un país de centro, todo el mundo lo sabe. La derecha no existe y la izquierda anda un poco perdida, dando cabezadas y bostezando, o echándole un capote al bufón nuclear de las Américas. Somos una nación civilizada, en la que los extremos apenas sí existen y, en consecuencia, aborrecen tocarse. Esta que acabo de apuntar es, claro está, la versión que desde los editoriales de la prensa bien pensante ha llenado nuestras retinas y cabezas durante los últimos años.

Cierto es que el espectro político visiblemente violento y radical apenas sí existe o se manifiesta. Pero cuando lo hace, deja una huella indeleble que hace recordar a lo peor de lo peor de cuanto hemos vivido. El último fin de semana quedó un joven de dieciséis años muerto en el metro de Madrid, acuchillado por un matarife metido a soldadito de plomo que asistía a una manifestación convocada por “Democracia Nacional”. Tiene gracia macabra el nombre.
Ahora, al ruído de los cristales rotos, acuden los vecinos y la portera de la centrada España. La militancia antifascista sale a la calle a reventar las cabinas de teléfono y los escaparates del centro de la capital del reino, métodos éstos que todos conocemos como un conjuro muy útil para lograr el establecimiento de la paz social, la eliminación de cuantos odian al diferente y la erradicación del fascismo en este suelo nuestro, empapado de caliente hemoglobina. Se anuncian nuevas manifestaciones en Madrid. Unas del gremio de cristaleros con conciencia revolucionaria -guardias rojos y esas cosas-; otras de los discípulos de José Antonio e Ynestrillas, que aspiran a llenarlo todo con el color cañí y la gallina imperial presente en el afán de sus pendones. Y con apenas media hora de diferencia y casi el mismo recorrido, un escalofrío recorrerá el espinazo de muchos ciudadanos este sábado y los días que nos quedan hasta el 20 de noviembre, jornada que debería ser festiva a todos los efectos por conmemorar el combate heróico en el que la biología se impuso a los sables, pistolas y sotanas.
La Delegada del Gobierno madrileña ha recogido la patata caliente titubeando como no era de esperar. Primero lanzó un discurso de pretendida firmeza que dejó entrever su voluntad de prohibir estos nuevos desfiles de la victoria en los que lo único que se hace es vociferar y sembrar la discordia racista y xenófoba. Pero la fiebre lúcida duró escasamente un día y en el momento actual estamos a punto de ver en vivo y directo las camisas azules, las banderas al viento, las boinas rojas, las cabezas peladas y huecas…
Hasta en Izquierda Unida ya ha habido quien se ha planteado la conveniencia de “ilegalizar” a todos estos partidos políticos que pervierten el órden constitucional; y ello a pesar de todo lo que se chilló en su momento frente a la normativa aprobada en el último mandato de aquel “estadista” nuestro que tenía acento mexicano. Un debate se ha abierto, por fin, en esta equilibrada sociedad, donde se plantea abiertamente la cuestión de qué ha de hacer el sistema democrático frente a quienes se sirven de él para llenarlo de agujeros.
No es difícil comprobar cuál es el mensaje político que desde la extrema derecha y los partidos de corte fascista se está lanzando: odio, racismo, confesionalidad católica del Estado, nacionalismo exacerbado, violencia… Ha sido necesario un muerto en el metro de Madrid para que los interrogantes llenen las cabezas ilustres que nos gobiernan. Un muerto. Otro más. Y tal vez haya quien necesite además una “jornada particular” para tener una conciencia cierta de qué es eso a lo que nos enfrentamos.
Hasta aquí hablamos de las camisas pardas, negras, azules… Da igual. Merecerían también un pensamiento todos esos “autores intelectuales” que cobijan sus sádicas reflexiones en la moderación; que disfranzan la alimaña a la que alimentan con una domesticidad interesada y que son, qué duda cabe, demócratas de toda la vida.
¿Son galgos? ¿Serán podencos?

España, mañana

España, mañana. Mañana, España. Queman cuatro fotos del Jefe del Estado y todo el mundo medianamente civilizado se lanza a expresar su ardoroso afecto por la corona. La justicia se pone su armadura de acero y, mandoble en mano, esto es, Código Penal en ristre, engulle a los republicanos disturbadores triturándolos ante la Audiencia Nacional.
De la noche a la mañana hasta los obispos piden que se rece por su majestad, injustamente vejada, mientras desde su cadena de radio se sigue vomitando fuego y vinagre, y exigiendo la abdicacion regia.
Como una erupción cutánea repentina, afloran sobre la piel de toro artículos y articulistas, notas, escribientes y escribanos, sabedores y opinadores, sabios y cátedros que funden en un único lingote este suelo orgulloso y su corona. Sin ir mas lejos, el otro día leía un texto horroroso del columnista Javier Neira, dedicado al cabo Noval, carbayón hecho ilustre por una mala muerte, héroe de la guerra de África. “¡Vaaaaspaña!”: Todo un ejemplo a seguir, sugería el ínclito, frente a los que buscan el incendio y la desmembración de esta Castilla grande, envuelta durante siglos en los harapos del viejo y arruinado esplendor de que gozó quien fuera dueña del mundo. Una visión emotiva de España. La única, la grande, la libre.
Imagino que aquellos que cuando evocamos al cabo Noval, no podemos evitar recordar que su guerra antigua fue una sangría de pobres en un pais pobre, arruinado por el desgobierno de la Monarquía, los militares y las señorías ilustres pero torpes, encarnamos a la antipatria, la antigloria, al principio del fin de esta reserva espiritual.
Débil ha de ser la roca sobre la que se cincela nuestro futuro cuando en un país de cuarenta y cinco millones de habitantes, un pequeño espasmo retransmitido por los telediarios ha causado tanta zozobra. Débil ha de ser por fuerza el suelo que nos sostiene cuando se pretende que la figura del Jefe del Estado esté fuera de todo juego crítico.
Es probable que en las cabezas de muchos anide el sentimiento o la certeza de que la vieja España es más juancarlista que monárquica; que las patas de nuestro trono no soportarían que la rancia institucion fuera expuesta ante la prensa rosa y cualquier otra de mal vivir, tal como sucede con la casa real británica. Que se empiece a hablar del sexo de los reyes, príncipes o infantes, en vez de ocupar el tiempo con la entrepierna de los ángeles, ha debido de acelerar el pulso a más de uno.
El otro dia, Juan Carlos Borbón y Sofía Grecia visitaron Oviedo para inaugurar el curso universitario, celebrando de paso los cuatro siglos de vida del caserón de la calle San Francisco. A la puerta estaban las masas en triunfo. En su mayoria señoras de orden e infancia de merienda y monja, de aquel tiempo en que se merendaba poco y se rezaba más; y que ahora, abolladas ya por los años, exhibían una deficiente decoración y un complejo artificio capilar solidificado con laca. Frente al grupo imperial enarbolaba otro varias banderas tricolores: “España, mañana, será republicana”. La dama griega saludó sonriente a los alborotadores. Qué estampa tan diferente a la que recoge esa histórica foto tomada en Galapagar, cerca de Madrid, en la que pueden verse los ojos tristes de una reina destronada, Victoria Eugenia de Battemberg, abuela del monarca actual, que marcha hacia el exilio empujada por las urnas.
Por este camino, ni mañana, ni pasado, España contará con una República. Hay quien argumenta que volverían con ella los odios de antaño. Incluso en algún sector radical se habla de nuevo de esa telaraña masónica, urdida en profundas simas, cuyo fin es atenazar a los bravos españoles libres y destruir la patria. Pero no hay tales cosas: En nuestro pais hace más daño cualquier comentario malévolo de un correveidile televisivo, que un debate serio en torno a la figura del rey y cuanto que encarna.
Se critica el coste de las actividades que desarrolla aquello tan extenso que se ha dado en llamar familia real. Sin embargo, una jefatura de estado republicana no es más barata. Ahí tenemos a la vecina Francia. Y así las cosas, entre algarada y algarada, se pierde el tiempo, se hace el juego al reverso tenebroso, y se evita públicamente una honda reflexión en torno a las bondades de las altas magistraturas hereditarias y aquellas otras electas.
No son tiempos de cambio. No son tampoco los caminos elegidos por algunos los que darán el fruto anhelado. España necesita más tiempo en democracia y la ciudadanía entera -y dentro de ella aquellos que se dedican a la funcion pública cualquiera que sea la intensidad de tal dedicación- comprender que una República pertenece y compromete a todos, y no solo a una parte del espectro ideológico. Mientras eso no suceda, cualquier avance republicano en España será puramente coyuntural, esto es, menos voluntario, más débil.

Y Sofia podra seguir agitando alegre la mano, riéndose del fantasma de Galapagar.

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Sostenella e no emendalla

Ayer se hacía pública la nueva portada del semanario satírico “El Jueves”, en la que se recogía la rectificación que la publicación hacía de la “escandalosa” ilustración de su último número, y de la que también se hicieron eco, la semana pasada, todos los medios de comunicación, públicos y privados, de nuestro país. A estas alturas el mundo todo está ya enterado de que, después de muchos años, España ha vuelto a conocer el uso de esa antigualla jurídica que es el secuestro de publicaciones; y lo más interesante está por venir, ahora que el proceso penal por injurias graves contra la Corona se ha puesto en marcha, y los responsables del supuesto delito van a declarar ante el Juzgado Central de Instrucción, en la Audiencia Nacional. Grandes cosas veremos, entre ellas, probablemente, el inicio de un debate que, espero, alumbre una pequeña reforma del Código Penal; y también una nueva pincelada judicial que dibuje los perfiles definitivos de la Libertad de Expresión en nuestro país.

Volviendo al terreno satírico, reproduzco ahora -cerrando por el momento las referencias a este tema- la portada rectificativa, que también ha sido reproducida hasta la saciedad por periódicos, radios y cadenas de televisión.

Decía en su momento el dibujante Guillermo, autor de la primera ilustración censurada, que no comprendía cómo el común de los mortales podía encontrar ofensivo el dibujo y no el texto que lo acompañaba; y me temo que ha vuelto a suceder lo mismo: Me he cansado de escuchar que las nuevas caricaturas retratan a la Sra. Letizia como una flor rondada por una abejita en la que se reconocen fácilmente las facciones del hijo del Jefe del Estado…Abejita, abejita…¿No será el que revolotea un real zángano?

De copula principis

El Juzgado Central de Instrucción número seis, con sede en Madrid, y a cuyo frente se encuentra el juez del Olmo, conocido por ser el instructor de la causa abierta a raíz de los atentados del once de marzo de 2004 en la capital de España, acaba de ordenar la retirada del último número de la revista El Jueves, uno de los iconos gráficos, satíricos y mordaces que todas las semanas, desde que la democracia regresó a nuestro país, ocupa las cristaleras y estanterías de los quioscos.
Parece ser que la Fiscalía, esa a veces “cosa” que se encarga de velar por el interés general de los españoles, ha considerado que la portada del número en cuestión podría se constitutivo de un delito de injurias graves contra la Corona, y en consecuencia ha formulado denuncia y solicitado la incautación de todos los ejemplares a la venta. También se ha interesado por el Minsterio Público el bloqueo de la página web a la que, al tiempo de redactar este texto, ya no he podido acceder.
A mí no me cabe duda de que este es el problema más grave que tenemos los españoles, motivo por el que durante la noche apenas hemos podido dormir; y tampoco zozobra mi razón sabiendo que quienes a veces pilotan la Justicia son conscientes de que sus pies están muy pegados al suelo, tanto, que apenas sí son capaces de articular una sucesión de pasos y conocer el verbo caminar. No les pasa como al resto de los mortales, que estamos todo el día en las nubes, pasándonosla bien -sentencia sapientísima de doña Paulina Rubio, que brinca, canta, baila y dice memeces a alto precio-, sin preocuparnos por que el Estado que nos cobija pueda saltar en pedazos con la acción de un caricaturista bolchevique, que no ha tenido mejor ocurrencia que pergeñar una “copula principis”, dicho así, en rito tridentino, que queda como más regio y solemne. Menos mal que hay quien vela por nosotros ahora que la lucecita del Pardo ya se ha extinguido.
Otra vez la dama boba, la boba que lleva vendados los ojos y a la que le han robado la balanza, es el hazmereir de las Españas. Leyendo números dispersos de El Jueves desde hace años hemos podido ver en sus páginas al Rey desnudo o semidesnudo; en poses más o menos comprometidas; también al hijo del Rey; y a las Infantas y demás familia. Hemos visto a políticos de derechas e izquierdas caricaturizados como probablemente no les gustaría serlo nunca… Y jamás el Sr. Fiscal se rasgó la negra toga ante el quebranto y amenaza sufridos por el orden establecido: O leen muy poco, o se les ha muerto el sentido del humor, o los demás tenemos entretenimientos de dudoso gusto. Todo puede ser.
En la Facultad de Derecho tuve la desgracia de ser alumno de la Cátedra de Derecho Penal de Fabio Rodrigo Suárez Montes, quien en vez de darnos la luz sobre lo que debía dárnosla, ocupaba la mayor parte de su tiempo hablándonos del perverso Felipe González, y de la catástrofe que supondría para la imperecedera España la despenalización del aborto en los tres supuestos que todavía contempla la ley. Así que nunca llegué a conocer, de manos de un sabio, el intríngulis jruídico que presentan las injurias contra el Jefe del Estado.
Pero algo sé y me atrevo a preguntar: ¿Existe en el caricaturista bolchevique ánimo de injuriar, o se trata únicamente de una sátira? La verdad es que yo no aprecio “dolo”, esto es, la mala leche con que actúa todo malandrín que se precie en este viejo hogar de pícaros. No obstante uno no puede dejar de reconocer que el Derecho pasa por ser la ciencia más inexacta de cuantas son estudiadas por los bípedos implumes, y eso nos obliga a ser expertos, esencialmente, en inseguridad jurídica: Todo lo contrario de lo que nos contaban en la facultad.
No he podido en todo caso evitar recordar los secuestros de publicaciones que se hacían en otros tiempos en ésta, mi casa. La comparación surge inevitable. Y me asaltan ahora dudas que no tienen respuesta: ¿por qué existe la injuria contra la corona en este nublado día y no en otros tiempos y con otras caricaturas de la misma publicación? ¿Se da alguien cuenta de la puerta que se abre para que a algún ánima negra se le ocurra volver a sacar el ofendido sentimiento religioso a relucir? ¿Se da cuenta alguien de que se cierran hasta las ventanas por las que circula ese viento fresco que llamamos “Libertad de Expresión”?
Y digo yo, entonces ¿qué hacemos con la COPE?
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Nota del autor: Como todo el mundo sabe soy persona honesta, pacífica y de buenas costumbres, así que la colocación de la portada del número de EL JUEVES publicado el día 18 de julio -¡qué coincidencia!- no obedece a ánimo injurioso por mi parte, sino únicamente ilustrativo: procede del Diario El País que, parece ser, también la publica con idéntico fin en su edición digital del día de hoy, 21 de julio de 2007.
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Un café con Esteban Greciet

Hace muy pocos días el Sr. Esteban Greciet contestaba a una “réplica” mía publicada en este Diario. No puedo menos que sentir halagada mi vanidad al ser objeto de un artículo en el que mi propio apellido forma parte del título: “Los masones del Sr. Fernández”. Todo comenzó en pleno proceso electoral, cuando la Logia Rosario Acuña hacía pública una proclama llamando a la ciudadanía a votar con el ánimo de apoyar nuestro sistema democrático. Creo que con cierta precipitación, el Sr. Greciet se lanzó a una crítica que ahora ha continuado con la dúplica que me dirige, publicada apenas sin tiempo a respirar, y de la que extraigo una segunda satisfacción motivada por el hecho de que, al menos en lo que se refiere al anuncio que se publicó encabezado con un compás y una escuadra, una y otra parte no tengamos nada que oponer. A salvo quedan pues la Democracia con mayúscula, las posiciones de progreso y el laicismo como valor esencial.
Sin embargo el Sr. Greciet y yo discrepamos felizmente en otras cosas. Él cree que le he atribuido siniestras intenciones al firmar sus escritos y se equivoca; son sus palabras las que dejan entrever que no está cómodo ante determinadas situaciones, y le disgusta sobremanera que haya quien pueda apoyar una España laica frente a un sistema aconfesional o, sencillamente, la exposición de otras opiniones diferentes a las suyas. No pasa nada: Todos somos muy libres de disgustarnos y mostrar contento con aquello que mejor nos parezca.
Pero dicho lo anterior sí creo conveniente atender algunas de las cuestiones que platea don Esteban, que comienza preguntándome por mi parecer acerca de “la memoria de la mayor persecución de cristianos en la historia… en tiempos de la II República”. Le diré que contra lo que piensa, este episodio de la Guerra Civil (no confunda,por favor, las consecuencias del golpe de estado con el período republicano), no es ni mucho menos un anacronismo; ni tampoco todo lo que vino después, palio, dictador y consorte perlada incluidos. Creo que ésta es una “memoria” que ha interesado mantener viva durante décadas a diferencia de otras “memorias”, enterradas bajo el polvo del camino. No comparto, Sr. Greciet, ningún ansia de violencia ni me gustan las persecuciones: ni las que se han hecho a los cristianos, ni tampoco las que los cristianos han hecho a otros y que se apura a calificar como anacronismos.
Siguiendo con el hilo de nuestro diálogo Ud. me pregunta si hay riesgo de que nos gobiernen en algún momento clérigos y mulás. Pues mire, cuando hay alguien que pretende decirnos qué podemos dibujar o escribir, y qué podemos publicar en nuestros periódicos; o cuando la jerarquía de una confesión religiosa pretende poner en duda la capacidad legislativa de los parlamentos democráticos, o definir conceptos jurídicos a los que es completamente ajena como es el caso del “matrimonio civil”, algún riesgo existe. Quizá porque esas tendencias totalitarias subsisten, es por lo que algunos clamamos por una sociedad verdaderamente laica y no aconfesional. Y mire, Sr. Greciet, no es que uno defienda el laicismo concebido como un arma arrojadiza frente a terceros; se trata sencillamente de que la sociedad española todavía no conoce plenamente esa regla de juego previa, neutral e indispensable para la convivencia.
Se toma Ud. a broma aquello que yo comentaba del pago de un paso de Semana Santa por el Ayuntamiento de Oviedo, y también el dato referente a la iluminación de una iglesia del centro de la ciudad costeada también de la misma forma. Si Ud. fuera musulmán probablemente no cultivaría esa faceta del sentido del humor. Y si fuera ateo seguro que no dejaría de preguntarse el porqué de estos usos del dinero público. Yo le propongo algo que sencillamente no le hará mucha gracia: ¿Qué tal si cada uno se paga sus bombillas, su Impuesto de Bienes Inmuebles y todo el gasto que generen sus actividades y establecimientos, y dejamos de recurrir al erario público para practicar el viejo oficio de extender la mano?
Me dice Ud. casi escandalizado que el Gobierno no es neutral y que los masones no son tampoco imparciales ¿Y quién lo pretende? Es el Estado, si es laico, el que ha de ser neutral y marcar la diferencia entre la cosa pública y las cuestiones íntimas y privadas. Además, se equivoca en la apreciación que hace con arreglo a la cual los masones de la Logia Rosario Acuña patrocinan las posiciones gubernamentales. Puede que sostener eso sea útil para perpetuar el eco de la caverna y agitar los viejos fantasmas con cuernos y rabo, pero a la masonería liberal siempre le han interesado aquellas posiciones que permiten el progreso de la humanidad. Nada nuevo. No se puede ser imparcial ni tampoco guardar silencio cuando se pretende que el dogma religioso de unos pocos anule las opiniones del resto y determine, basándose en supuestas verdades indiscutibles, qué es una moral objetiva y qué no lo es; dónde empieza la vida humana y dónde no; cómo se tiene que morir y cómo no.
Faltaría más, Sr. Greciet, que no respetara sus opiniones; las respeto mucho pero no las comparto nada, y no quiero que mi existencia se regule en torno a sus convicciones ni que las mías anulen las de Ud. No se trata de una concesión graciosa que le hago, sino de la postura que defiendo: que cada uno de nosotros tenga el pleno derecho de vivir su existencia sin que nadie venga a anatemizarlo. Si esto es anticlerical o antirreligioso, lo lamento.
Abre Ud. los ojos a la realidad que vivimos y dice que hay que estar en guardia ante las negociaciones con el terrorismo. Quisiera saber si se puso tieso y marcial el día que Aznar autorizó las conversaciones con aquello que él llamó “Movimiento Vasco de Liberación” (¡inaudito!) Sr. Greciet, ¿dónde se impone el adoctrinamiento ideológico? Si se refiere Ud. a la asignatura Educación para la Ciudadanía (EPC) y le echa un vistazo a los libros de texto de la materia que se emplearán a partir de septiembre en los colegios adscritos a la Federación de religiosos de la enseñanza (FERE), observará que los derechos humanos, por ejemplo, están más allá de las discutibles ideologías. Cita también la existencia de una amenaza de retirada de la asignatura de religión. Mire, aquí pienso que ojalá fuera cierto lo que Ud. teme y las cuestiones de fe se impartieran en cada casa y en los establecimientos distintos de las escuelas existentes al efecto, pero sabe muy bien que con los acuerdos del 79 vigentes, que determinan tanto la aconfesionalidad del Estado como el status privilegiado de la Iglesia católica, eso no es posible: puede respirar tranquilo. Tampoco, Sr. Greciet, hay represalias contra quienes objeten a la asignatura EPC. En primer lugar porque no existe tal derecho de objeción. En segundo lugar porque desde siempre los criterios educativos de disciplina y excelencia que tanto parecen gustarle, han aconsejado suspender al alumno que no asista a las clases con aprovechamiento en cualquier materia.
Me ha descolocado Ud. con lo de Navarra ¿Así que estaba prevista la entrega de la Comunidad Foral? ¡Qué barbaridad! Me parece que en vez de estar los dos aquí divagando deberíamos acudir corriendo al Juzgado de Guardia con sus pruebas gritando aquello de ¡La Patria está en peligro!
Existen discrepancias, Sr. Greciet. Es cierto. Pero acepto esa invitación a tomar un café para comprobar que nos separan muchas cosas y podemos sin embargo convivir. A lo mejor, quién sabe, este es el principio de una gran amistad, como dicen al final de esa famosa película mientras suena de fondo La Marsellesa.
No lo supongo, Sr. Greciet: estoy completamente seguro de ello.

Educación para la Ciudadanía desde Alicante

Curiosamente, a la vez que ayer en la prensa asturiana Greciet ocupaba su tiempo conmigo, un miembro de la Sociedad Benéfica Constante Alona (vinculada a la Logia que el Gran Oriente de Francia tiene en Alicante) publicaba en el Diario Información el artículo que sigue. Hay más motivos que el hecho de que la reflexión que reproduzco proceda de un Hermano para publicarla aquí; me ha gustado y me ha parecido de un gran interés. Y todos sabemos que en este momento la Educación para la Ciudadanía es un pequeño pulso que se mantiene por la sociedad civil del país, frente a los hombres de negro y todo el producto oscuro que han elaborado durante siglos. Buena lectura.

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Educación para la Ciudadanía

La nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía ha conseguido desenterrar uno de los más funestos fantasmas del pasado. Los voceros más rancios de nuestro país acusan a la masonería de haber hecho una reforma educativa para atacar a la Iglesia católica y convertir en ateos racionalistas a nuestros niños y adolescentes en las escuelas. Vuelve el complot judeomasónico. Nada más lejos de la realidad, la masonería adogmática española no tiene capacidad de influenciar en nuestro actual Gobierno dada su exigua presencia en nuestro país, lo que no quita para que tenga opinión propia al respecto, en esta ocasión al lado de quienes defienden a la educación como la mejor herramienta emancipadora del ser humano.

Decía Aristóteles que la Educación del ciudadano debe ser pública, porque si el Estado en su totalidad tiene un solo y mismo fin, la educación debe ser una e idéntica para todos sus miembros. Lo que es común debe aprenderse en común. Este pensamiento fue rescatado durante el siglo de las Luces y la revolución francesa, origen de las actuales democracias occidentales, al proponer Montesquieu y Diderot el papel de la Educación para formar en la solidaridad y la virtud, dándose preferencia al interés común frente al aislamiento insolidario, educando futuros ciudadanos conscientes de sus derechos y deberes y capacitados para ejercerlos como personas libres en una sociedad plural. La ignorancia, el fanatismo y la ambición como origen de la fractura entre las clases sociales que destila el dogmatismo, que siempre ha ido unido a modelos absolutistas y dictatoriales de concepción de la sociedad, deben ser contrarrestadas mediante el cultivo de la libertad de conciencia, la igualdad, el conocimiento y la autonomía moral de los individuos.
En la sociedad de la globalización, donde los movimientos migratorios entre continentes son naturales y necesarios y nos conducen a modelos plurales en lo racial, religioso y cultural, cuando el modelo occidental está basado en la insolidaridad y la competitividad exacerbada donde no se rechaza ningún instrumento, incluida la violencia en cualquiera de sus acepciones tal y como nos muestran día a día los medios de comunicación, cuando la familia como primer elemento educador en comunidad está siendo sustituida por las nuevas tecnologías, cada día es más necesario que el sistema educativo tenga un impulso, por encima de las creencias metafísicas de cada cual, dirigido al común, a la convivencia pacífica, igualitaria, defensora de valores universales con el objeto de formar ciudadanos libres, responsables, participativos y cooperantes. Es difícil no estar de acuerdo con estos criterios. Esta es ni más ni menos la función de la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía.
Por todo ello sorprende que se demonice un programa donde nuestros niños y niñas en la primaria trabajarán la dignidad de la persona y su inmersión social, la participación en la ciudad, el concepto de ciudadanía y la sociedad multicultural. O que en la Educación Secundaria Obligatoria trabajen la moral pública y privada, los usos sociales y las normas jurídicas, la laicidad y la confesionalidad, la participación y compromiso ciudadano o los problemas sociales de nuestro tiempo, como el consumo racional, el ocio, la vida afectiva, la igualdad de género, los conflictos sociales, la participación escolar, la inmigración y la interculturalidad, el medio ambiente y la educación vial. Pero es mucho más grave que desde la Conferencia Episcopal se dude de los docentes que impartirán estas materias convirtiéndolos en sus ataques en una especie de comisarios políticos al servicio del partido en el Gobierno cuando estos forman parte de un Cuerpo de la Administración Pública al que se accede por oposición y no se hacen distingos por credos. Quizá el subconsciente les recuerda una de las funciones de los miembros del partido único con el que estaban aliados durante la dictadura, la formación en el espíritu nacional, o sencillamente olvidan cómo son seleccionados los profesores de religión integrados en el sistema educativo público.
Educar para que los futuros ciudadanos sepan vivir en libertad con responsabilidad y tolerancia debería ser uno de los acuerdos de Estado por encima de quien se encuentre en el Gobierno. En democracia el canal de intervención en esta cuestión debe ser la vía política y la opinión desarrollada en los medios de comunicación. Pero la intervención en esta cuestión de aquellos que su ámbito de intervención es la esfera privada, las creencias metafísicas, deberían ser más prudentes en sus proclamas de insumisión contra la legalidad, cuando intentan universalizar sus conceptos éticos y convertirlos en rasero para el total de la ciudadanía, mucho más cuando siguen disfrutando de un espacio en el currículo escolar de nuestro país poco habitual en el entorno europeo.
Rafael García Meseguer. Sociedad Benéfica Constante Alona

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Esteban Greciet me ha contestado

Estoy muy contento. Esteban Greciet escribió hace tiempo unas consideraciones críticas a raíz de una proclama que la Logia Rosario Acuña, del Gran Oriente de Francia, publicaba en la prensa asturiana llamando al voto en las últimas elecciones municipales. Eso me dio pie para escribir un texto que el diario La Nueva España recogió en sus páginas un mes y medio más tarde después de que yo lo enviara. A Esteban Greciet el asunto le ha dado para otro artículo en su sección “Clave de Sol“, publicado en el día de hoy, y aquí reproduzco lo que dice, que a su vez aparece en el servicio automático de recogida de noticias que he incorporado al blog. Hay que decir que él juega con ventaja: espero que mi próxima respuesta en este entretenido debate no duerma en la redacción del periódico otro mes y medio adicional.
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Los masones del señor Fernández

Un artículo mío, aparecido hace algún tiempo («Del progreso y otras opciones razonables», LNE, 17.05.07), merecía el miércoles pasado una réplica de media plana, firmada por don Ricardo Fernández en «Cartas al director». No era para tanto. Don Ricardo me otorga demasiada importancia y además me interpreta mal, o yo no me he explicado bien. ¡Señor, Señor, tantos años de oficio y no consigue uno hacerse entender! Un singular reclamo masónico, sin duda infrecuente, publicado en este diario, me servía de apoyatura de actualidad al hilo de su compartible invitación al voto en las municipales, con apoyo expreso a las «posiciones de progreso» que identificaba con el laicismo, como valor esencial, y la Democracia (la mayúscula no era mía). Nada que oponer. Reflexionaba yo a continuación (y no «perdido en disquisiciones» como sugiere Fernández) sobre algunos deterioros que, a mi juicio, sufren hoy tan valiosos conceptos y la relatividad de sus interpretaciones: un laicismo no entendido como una actitud previa de neutralidad y respeto, sino como una opción militante contra otras opciones; una democracia que trata de excluir al adversario político y un progreso hacia la destrucción de valores permanentes: España, patriotismo, familia, vidas incipientes y débiles, sentido de la autoridad, creencias, excelencia, disciplina, dignidad frente al terrorismo; en fin, libertad para exigir, vivir y manifestar estos criterios… El señor Fernández me atribuye proposiciones que nunca han pasado por mi cabeza: abstencionismo electoral: restricción de derechos, imposición ideológica, nostalgia de la dictadura, mercado salvaje y poco menos que abolición del régimen democrático. ¡Qué barbaridad! E ilustra su réplica con escenas anacrónicas que ya no tienen nada que ver con ninguno de nosotros (saludos fascistas, represiones posbélicas, militares bajo palio, autos de fe…). ¿Qué le parecería la memoria de la mayor persecución de cristianos en la historia, con millares de muertos, no en tiempos de Diocleciano, sino en la II República? Si no hubiera pasado más de mes y medio de la publicación de mi artículo, yo diría que el erróneo juicio de intenciones que hace el señor Fernández era un simple arrebato sin control. Lo que está claro es la repugnancia que a mi comunicante le producen, como símbolos, «los sables y las sotanas», los popes, mulás y rabinos, por los que no desea ser «gobernado» (sic) -¿hay riesgo de ello?- y su rechazo visceral a todo apoyo a la Iglesia católica. Asegura, y lógicamente critica, que el Ayuntamiento de la ciudad haya costeado, al parecer, algunos «pasos» de Semana Santa y encima pague los recibos de la energía eléctrica que consume un templo local. Lo de los «pasos», si es así, me parece lamentablemente irreversible, señor Fernández, pero pienso que en lo del recibo de la luz puede alcanzarse, si no un remedio, al menos una transacción. Pongamos que en el concejo haya sólo cincuenta mil católicos y que los masones sean mil, a mucho tirar: pues que el Ayuntamiento pague por cada 50 bombillas de la Iglesia, una para la logia, ¿no le parece justo? Hablando en serio, este Gobierno no es neutral y, por ello, sus «posiciones de progreso», que los masones asturianos se disponen a patrocinar, son beligerantes contra los legítimos pareceres de media «ciudadanía», por usar un término en circulación. Una ciudadanía que, con todo derecho constitucional, tiene creencias y una moral objetiva y no de situación, que es la que sigue el relativismo gubernamental. Esto es lo que, mejor o peor, trataba yo de poner de relieve. Y seamos sinceros, señor Fernández, los masones tampoco son imparciales ni lo fueron nunca. En el libro «La masonería hoy en España», de José Antonio Ferrer, presentado en Gijón por mi compañero de ASPET Víctor Guerra, nada sospechoso, leemos que la masonería española, más radical que la anglosajona, gozó del máximo esplendor durante la II República y está estrechamente relacionada con el anticlericalismo, el laicismo, el gnosticismo y los movimientos independentistas y revolucionarios. Sólo hay que abrir los ojos a la realidad para darse cuenta de lo que está pasando: negociaciones con el terrorismo, persecución del castellano en Cataluña, imposición del adoctrinamiento ideológico en la escuela, mutilación de la Historia de España, amenaza de retirada opcional de la asignatura de Religión y de represalias contra la objeción a la EPC, entrega prevista de Navarra al separatismo… Esto y más aconseja ponerse en guardia porque hay mucho que salvar de esas libertades que no debemos en absoluto a quienes enarbolan un progreso que las cercena para los demás y que, a tenor de lo dicho en el último párrafo del escrito de don Ricardo, parece que nos conceden graciosamente el acceso a nuestros derechos como ciudadanos. Bien. Si el señor Fernández me sigue viendo, como dice, las mañanas de los domingos, no tendré inconveniente en invitarle a un café. Así comprobaremos que, si bien es menos lo que nos une que lo que nos separa, podemos convivir sin menoscabo de nuestras convicciones. Supongo.

Hace treinta años

En octubre de 1976 Adolfo Suárez, sucesor del último presidente del Gobierno nombrado por Franco -Carlos Arias Navarro-, conseguía que los viejos Procuradores de Cortes aprobaran la Ley para la Reforma, que despejaba en España, de forma definitiva, el camino para la celebración de las primeras elecciones libres desde la desaparición de la II República. Mañana se cumplirán treinta años de aquella primera consulta popular de nuestra recuperada Democracia, escrita así, con mayúsculas.

Recuerdo los días previos a aquellas elecciones. Me acuerdo de los coches con altavoces arrojando propaganda. También me acuerdo de las pequeñas tertulias familiares que se organizaban en mi casa y de los mítines, que volvían a hacer furor en aquel pequeño hogar a pesar del tiempo pasado y de los relevos generacionales. Creo que fue mi bisabuelo, del que alguna vez he hablado aquí, el que fue corriendo a escuhar a Dolores Ibarruri, La Pasionaria.

También me viene a la memoria el momento de la votación. Mis padres me dejaron jugando en el parque de La Serena, en Gijón, entonces una gran plataforma de hormigón con algún banco desvencijado que pasaba por zona verde del barrio del Llano, exhibiendo un césped triste, ajado y marrón, rodeado por un bordillo en el que había clavados unos aros metálicos, oxidados, que se enlazaban sucesivamente, formando una especie de cadena hecha con medios eslabones que le servían de protección; y también había un guarda, uniformado como un gran armario gris, provisto de un largo palo de madera, y que hacía su ronda en las cercanías de una fuente de hierro pintada de amarillo, próxima a las Casas de los Maestros, con un chorrito flojo y escaso: los niños poníamos el dedo, obturando la salida, y el agua salía a presión bautizando a todo el que pasaba. Así me encontraron mi padre y mi madre al salir del primer colegio electoral que habían conocido en su vida. Creo que yo me llevé un cogotón, la Pasionaria el voto de mis bisabuelos, y Felipe González el voto joven de mis jóvenes padres, señales inequívocas todas ellas de que en España algo estaba cambiando.
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Venezuela, el paso de la oca

A pesar de que me conozco casi de memoria las campañas con las que Napoléon llenó de cráteres la sufrida Europa; a pesar de que conservo desde pequeño un gran interés por la historia bélica de la humanidad, y que recorro siempre que puedo escenarios emblemáticos en los que en algún momento ha ocurrido un tiroteo o una algarada trascendente, nunca me han gustado los militares metidos a gestores de la cosa pública.
Quizá por ser español y afincado en una familia que no disfrutó mucho de las mieles de la paz social que supuestamente trajeron los mosquetones del general Franco, aborrezco de los uniformados en general: Un prejuicio ya inevitable. Hasta me ponen enfermo los niños vestidos de pionero; y las niñas que cada día me encuentro ataviadas con su jersey Lacoste color burdeos y falda escocesa: La naturaleza de los uniformes siempre es la misma, anular al individuo, aborregarlo, eliminar cualquier nota diferenciadora bajo un abanico de excusas múltiple, que en el caso de los colegiales concertados suele oscilar entre la comodidad de los progenitores o la anulación de las diferencias de clase social. Sí, aborrezco la uniformidad hasta en las logias. Muchos que me conocen ya saben que con el tema de las vestimentas, desde el más sincero respeto, soy alérgico tanto a los trajes de pingüino y sus sucedáneos menos pudientes, como al sayón antológico con el que puede verse a ilustres masones en alguna fotografía de finales del siglo XIX.
Hacía esta reflexión acerca de los uniformes porque no he podido evitarla al saber lo que sucede en Venezuela. Si hace pocos días Hugo Chávez -que ahora mísmo no sé si es general, comandante, coronel al que nadie escribe, o sargento-, daba el carpetazo definitivo a Radio Caracas Televisión al no renovar la licencia con la que emitía, volvía de nuevo a escucharle lanzando una advertencia a Globovisión, la otra cadena televisiva “opositora” que todavía sigue emitiendo.
Regresa a mi memoria aquel titular de Mundo Obrero que en la portada anunciaba aquello de que “El marxismo no viaja en tanque”. El socialismo del siglo XXI, el hombre nuevo, tampoco necesita de la censura. Nada nuevo está naciendo en Venezuela. Alimentado por el disparate y la corrupción de los que le precedieron, el nuevo régimen, consecuencia de lo que existió no hace tanto tiempo, vuelve a explotar la vieja receta populista que nunca ha sido garantía de éxito. Una dictadura empieza a caminar segura después de haber comenzado ya hace varios años a dar sus primeros pasos. El paso de la oca, recio y marcial, empieza a dejar oír su taconeo etre espectáculos televisivos y discursos incendiarios.
Hay algo cierto, Chávez gobierna porque la mayoría de los venezolanos así lo ha decidido. Recuerdo cuando hace unos años la oposición recurrió a la también vieja fórmula del golpe de mano para derrocarlo: la misma que él había utilizado previamente. Inadmisible en ambos casos.
Sin embargo, creo que sabemos que la democracia no consiste en el depósito periódico de un sufragio, sino que conlleva una serie de comportamientos, actitudes y obligaciones que garantizan su existencia. Ni me gustó la intentona golpista contra Chávez, que tanta satisfacción provocó en algunos dirigentes occidentales -y no digo nombres-; ni me gusta ahora lo que está sucediendo y que invevitablemente aboca a una proceso dictatorial sustentando por los cañones de los fusiles y la receta del gratis total.
Ahora que los Estados Unidos habían descuidado el patio trasero, perdemos la oportunidad de que en la castigada América se haga algo diferente; por el momento, la Radio Televisión de Caracas sigue emitiendo a través de internet; y Europa ha mirado con muy malos ojos el manotazo con que Chávez ha puesto fin a los últimos 52 años de historia de la conocida cadena. Él apacigua el calor abanicándose ante sus cámaras con la resolución condenatoria. Sí, ahora que parece que se daban las condiciones para trazar un panorama nuevo en un continente donde muchas de sus democracias, que se pavonean insolentes en las cumbres latinoamericanas, camuflan dictaduras oligarcas, corruptas y dogmáticas, surge una “nouvelle vague”, una nueva ola de líderes con amplio respaldo popular que parece vuelven a recurrir a los viejos mecanismos del ordeno y mando.
Supongo que Hugo Chávez se considera el heredero directo de Fidel Castro. Pero ni es el viejo comandante de la Perla del Carible, ni se le parece, ni estos tiempos son aquellos tiempos. Mi decepción no puede ser mayor; y consecuencia de ella es pensar que un militar siempre es un militar y el ejército sirve para lo que sirve. Qué lejos está aquel pensamiento del hermano Salvador Allende, aquella forma de hacer en un momento convulso que finalmente fue aplastada por la que dice ser “la mayor democracia del mundo”, y los malditos uniformados. Definitivamente no me imagino al querido Presidente Allende dando cerrojazos, por lo tanto, otro mundo es posible a pesar de que esta oportunidad esté ya perdida.

¡A votar!

Se acaba la campaña electoral. La inundación publicitaria termina en el día de hoy poniendo fin al agobio ciudadano del que tanto se ha hablado en estos días. Porque, nosotros, criaturas tiernas, somos un pueblo de paciencia delicada, que se agota con los discursos, las cuñas publicitarias de música heróica, estridente o ridícula, las promesas, los infinitos proyectos de los candidatos. Nos agotamos; llegamos al día de reflexión desfallecidos y algunos, con una supuesta mayor conciencia política, nos regodeamos en nuestra decepción por la imperfección de las tareas de gobierno y estamos decididos a castigar al sistema quedándonos en casa, tranquilos, aguardando a que a las ocho de la tarde se confirme el alto índice de abstención. No voto porque estoy cansado de crispantes y demagogos. No voto porque no se ha proclamado el socialismo universal. No voto porque esto no es una República. No voto porque no voto. No voto para que se enteren, para que sepan de mi cabreo eterno. No voto porque no me apetece…Eso es lo que algunos y algunas se repiten en su fuero interno.

Se ha olvidado muchas veces por los hijos y los nietos del sufrimiento lo que costó que España se llenara de urnas. España, por ejemplo, conquistó el voto femenino antes que Francia; pero la memoria es débil y, en ocasiones, la voluntad y el sentido común, inexistentes. Otros, sin embargo tienen una concepción práctica del voto, quizá porque tienen menos escrúpulos… En fin, resignación hermanos y hermanas, porque esos escrúpulos permitirán que las cosas sigan igual y nuestra progresista indignación calme nuestras conciencias: El que no se consuela es porque no quiere.

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El odio en el papel

Ayer, en el suelo de las limpias calles del centro de Oviedo, era fácil recoger el papel que reproduzco a continuación y que, en el averso y en el reverso contenía el mismo mensaje o, si se quiere, la misma insidia. Hoy, el panfleto podíamos encontrarlo ya en los buzones. Una mano misteriosa se había encargado de distribuírlo eficientemente.

Me parece que sobran comentarios; pero no puedo evitar recordar que ayer, nada menos que un ex-presidente de nuestro Gobierno, sacaba de su ataud al fantasma de la Guerra Civil Española y el peligro de la “institucionalización” de unos asesinos a los que él llamó un día no tan lejano “Movimiento Vasco de Liberación” ¿A quién le interesa que todo vaya mal? ¿Quién quiere que el río revuelto lo anegue todo? Creo que conocemos sobradamente la respuesta.

Esta sociedad en la que vivimos no puede construírse sobre mensajes como el que encabeza estas palabras; ni sobre las conciencias que idean este odio de papel; ni sobre los actos que quieren llevar el fuego a todas las casas y nos llenan de vergüenza. Nadie sobra. Pero … ¡Hace falta otra derecha!

Manifiesto “Por la convivencia frente a la crispación”

Considero necesario, en este momento de nuestra historia, secundar cuantos esfuerzos, actos y empeños se pongan en marcha para conseguir que esta sociedad nuestra no pierda la paz, el progreso y las libertades públicas como ejes orientadores de su evolución y existencia.

Suscribo por tanto, y lo difundo para ayudar en la medida de esta pequeña fuerza, el manifiesto transcrito a continuación y que ha puesto en marcha recientemente un grupo de ciudadanos y ciudadanas.

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Si estás de acuerdo con el texto enviar firma o adhesión con tu nombre, dirección y profesión a las siguiente dirección de correo: nsartorius@bufetesartorius.net

MANIFIESTO

I.- Muchos ciudadanos de nuestro país observamos con creciente inquietud el grado de crispación y enfrentamiento en que discurre la vida política española. Es propio de sociedades democráticas el debate, la confrontación dialéctica, la crítica acerba y, como no, la utilización de los derechos de expresión o de reunión con el fin de manifestar la protesta o el apoyo. Nada de lo anterior nos debe, pues, preocupar ya que forma parte de la normalidad democrática.

II.- Lo que nos inquieta, por el contrario, es que el debate político argumentado esté siendo suplantado por la descalificación y el insulto; que el normal funcionamiento de las Instituciones sea trastocado y se niegue legitimidad a quien gobierna por voluntad de la ciudadanía; que el derecho a una información veraz se sustituya por la manipulación sistemática de los hechos a base de mentiras o de medias verdades que confunden a la opinión pública. Conjunto de procesos indeseables que si bien no han conseguido, todavía, provocar una quiebra en la sociedad española, muestran ya indicios preocupantes de que se puede estar gestando esa fractura que conviene detectar y soldar cuanto antes.

III.- Creemos, sinceramente, que este clima crispado no obedece a la situación real de España. Es como si una realidad virtual, construida ex profeso con fines partidarios o electorales, se sobrepusiera a unos hechos objetivos que quedan así, la mayoría de las veces, sepultados por una avalancha mediática que se concentra en ciertos temas y se olvida de todo lo demás. Bien es cierto que nuestro país sigue teniendo problemas serios sin resolver sobre los que, por cierto, no se incide ni se ofrecen alternativas desde la oposición. Pero nadie, con un mínimo de honestidad, podrá negar que la economía marcha razonablemente bien, que el desempleo ha disminuido, que las fuerzas sociales han alcanzado importantes acuerdos, que se han producido avances no desdeñables en derechos sociales y civiles y que, en general, ha aumentado el bienestar de la población aunque, desde luego, no en igual medida para todos.

IV.- Ante la evidencia de estos hechos, toda la carga opositora se ha concentrado en unos supuestos peligros para la unidad de España y en una no menos supuesta rendición del Estado ante los terroristas. Es decir, nada menos que “España se rompe y España se rinde”. Conviene afirmar, pues lo contrario sería faltar a la verdad, que tamaña desmesura no tiene nada que ver con la realidad, al margen de la opinión que cada uno tenga sobre cómo ha administrado el Gobierno tan delicados temas. Las reformas de los Estatutos de autonomía, salvo el de Cataluña, han sido aprobadas por los dos partidos mayoritarios y supone una falsedad obvia sostener que el Estatut, surgido de las Cortes Generales, rompe la unidad de España.Se puede o no estar de acuerdo con la política antiterrorista del Gobierno, pero de ahí a sostener que la decisión, mediante resolución judicial, de que un preso, por muy criminal que sea, pase a la situación de prisión atenuada, ante el riesgo acreditado por los médicos de que puede fallecer, cuando le quedan 16 meses de condena por un delito de coacciones, es una rendición ante la banda terrorista ETA resulta insostenible. Si de lo anterior se deduce, además, que el Gobierno ha pactado ya con la banda, o sus representantes políticos, el futuro de Navarra, de Euskadi y de España, sin acreditar tan graves acusaciones, nos parece que se ha alcanzado tal nivel de exageración y extremismo que se hace inviable un debate racional. En este sentido, no es aceptable convertir la lucha contra el terrorismo en el eje exclusivo de la oposición a cualquier gobierno democrático. Esta postura no tiene antecedentes en la Unión Europea. Sobre todo cuando en los últimos años la actividad terrorista ha disminuido en comparación con los cientos de atentados de anteriores legislaturas.

V.- El exceso ha llegado a tal punto que desde organizaciones con amplias responsabilidades sociales y financiadas por el Estado se hacen llamamientos a la objeción de conciencia en el cumplimiento de leyes aprobadas por el Parlamento y desde partidos con funciones de gobierno se apela a la rebeldía civil frente a un Ejecutivo legítimo, aduciendo que la nación española está en peligro. En un Estado democrático y no confesional, las leyes las hace el Parlamento y todos deben acatarlas. La apropiación partidaria de banderas e himnos nos retrotrae a épocas felizmente superadas y sólo puede ser causa de división. Convertir la propia idea de España en bandería es propio de dictaduras y de ideologías extremistas. En democracia no se puede pretender torcer la voluntad ciudadana ni con soflamas, ni con manifestaciones y menos con confusas actitudes “ caudillistas”. Es el voto y solo el voto el que debe decidir quién es el llamado a gobernar.

VI.- Esta política de confrontación se ha inoculado en esenciales Instituciones del Estado que deberían ser inmunes a las batallas políticas. Nos referimos a Institutos tan trascendentales como el Tribunal Constitucional. A veces da la impresión de que se producen movimientos, decisiones o maniobras tendentes a alcanzar objetivos que de otra manera no se lograrían (Véase el funcionamiento, en algunos casos del Consejo General del Poder Judicial) y que van en detrimento del prestigio y de la confianza que los ciudadanos depositamos en ellos.

VII.- Una situación de esta naturaleza no debería, en nuestra opinión, conducir al Gobierno a una actitud de confrontación, pero sí a una exigencia de liderazgo y de capacidad de propuesta. Una parte no desdeñable de la ciudadanía está confusa y es obligación de los gobiernos poner remedio al desconcierto. No es bueno olvidar que cuando la manipulación o incluso la mentira encuentran eco en las personas, ello obedece, generalmente, a una insuficiencia de claridad y de capacidad de comunicación por parte de aquellos que administran la cosa pública.

VIII.- En los próximos meses los ciudadanos vamos a tener ocasión de acudir a las urnas para votar en las elecciones municipales y, en ciertos casos, en las autonómicas. Será, sin duda, una buena ocasión- como siempre que los ciudadanos votan- no sólo de dirimir quien debe dirigir los consistorios y los parlamentos autonómicos sino también de exigir a los partidos y candidatos que se ocupen de los problemas concretos de los vecinos. Somos conscientes de que esta crispación inducida ha podido tener un efecto de hartazgo en los ciudadanos que los inclinen hacia la abstención. Nada sería más negativo en estos momentos. Los extremismos encuentran su espacio cuando la ciudadanía se abstiene y en esta ocasión cualquier inhibición no beneficiaría los avances sociales sino que propiciaría los retrocesos.

IX.- Nos gustaría apelar al buen sentido que las personas de nuestro país han demostrado siempre desde la recuperación de la democracia: que no nos dejemos arrastrar a la confrontación en base a la manipulación interesada; que evitemos dividirnos ante cuestiones en las que debemos mantenernos unidos como la paz, la libertad y la lucha contra el terrorismo; que defendamos el Estado de derecho, sus Instituciones y los avances civiles y sociales frente a los que pretenden hacernos retroceder en el tiempo.

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Posted by libertad43 in 08:58:39 | Permalink | No Comments »

Siglas peligrosas

¿Ha reparado alguien en que las calles de Oviedo, Gijón, y otras poblaciones asturianas aparecen de un tiempo no muy lejano a esta parte llenas de pegatinas en las que se combinan los colores rojo y gualda, la efigie de Pelayo y un niño rubio y de ojos claros orgulloso de ser español? Se trata de una campaña del partido ultraderechista Democracia Nacional que ha chocado con la buena conciencia política de una gran parte de la ciudadanía: Los reclamos publicitarios aparecen mutilados, arrancados de cuajo de las paredes, inservibles a cualquier fin.

El otro día me avisaron de que entre los diferentes modelos que se han sacado para volver a resucitar los viejos fantasmas, hay uno que nos atañe. Sí, parece que los masones tenemos la culpa del cambio climático. Así lo dice la pegatina en custión. Atesoramos tantas claves misteriosas; tantos resortes e hilos, que hemos terminado por acumular los títulos de propiedad de las compañías petroleras y de las industrias más contaminantes que en el mundo son y han sido… Así que si este verano se empieza a sentir más calor del habitual, ya sabe todo el mundo de quién es la culpa.

Nunca me he preguntado qué ha sido de la extrema derecha española, caída en un cómodo anonimato desde que descarrilara el vagón del poder con la muerte del último dictador que hemos conocido en este suelo magullado. Más o menos he tenido siempre claro que las posiciones en la sombra resultan a menudo mucho más cómodas que los heróicos destacamentos en primera línea, y supongo que tras cuarenta años de nacionalcatolicismo alguien habrá llegado a la misma conclusión que yo. Pero esto sí me ha llevado, ahora que las cosas están tan crespas, a reflexionar sobre la conveniencia de que nuestro particular “Frente Nacional” aflore, abandone sus pseudónimos, y revele su verdadera y transparente identidad. En España no existe una extrema derecha declarada que arrastre un importante porcentaje de votos. Tengo la sensación -somos muchos los que la tenemos- de que la bestia inmunda permanece agazapada en alguna parte, quizá en el corazón mismo de la democracia. Aquí, ya se sabe, todos somos de centro.
No me preocupan las viejas siglas, ni su campaña de pegatinas. Menos me asustan cuando veo que el pobre mensaje es arrancado sistemáticamente de forma rabiosa y metódica. Y no me preocupan las nuevas siglas que van apareciendo: Hoy, por ejemplo, me he encontrado con un horrible cartel de otro pequeño partido de corte ultraderechista que anunciaba su nacimiento con la fotografía de un bebé ensangrentado y recién parido; este “novedoso proyecto” llamado Solidaridad y Autogestión Internacionalista es apoyado desde lugares como www.solidaridad.net . Se trata de otro engendro creado esta vez al amparo de una imagen de compromiso con los más pobres. Muchos de los que me leéis estaréis cansados de ver en ocasiones delante del teatro Campoamor, en Oviedo, o en la Plaza del Parchís, en Gijón, un grupo de jóvenes que, amenizando el asunto con música, distribuyen una publicación que se llama Autogestión; o inundan las paredes en Navidades con carteles recordando que mientras nosotros nos atragantamos en Nochebuena hay un montón de gente que se muere de hambre; o nos recuerdan la necesidad de Justicia Norte-Sur… ¿Quién puede oponerse a esto? ¿Quién puede pensar que tras este mensaje puede esconderse una ponzoñosa lengua bífida?
Pues sí, se esconde. Un pequeño repaso a la página web que indico nos ayudará a encontrar una extraña confusión entre religión católica, política y ataques al Gobierno actual del país. Y si le dedicamos un poco de tiempo veremos que hasta hay un pequeño apartado dedicado a la Masonería, y también alguna referencia a la Asociación de Propagandistas Católicos, de la que aquí nos hemos ocupado en alguna ocasión.
No; como decía no me inquietan ni las viejas ni las nuevas siglas. Al fin y al cabo termina siendo fácil identificar estos planteamientos totalitarios, en los casos descritos anhelantes de protagonismo, por mucho que se disfracen y utilicen como cobertura hasta las causas más nobles.
Pero pienso que sí debe preocuparnos no saber dónde están. Por dónde se mueven. Hacia dónde van. A mí me preocupa no saberlo y tener que conformarme con intuírlo. Y creo que la intuición, como decía antes, será compartida por muchos. Esta es la particular situación de España; tan diferente todavía a la de nuestro entorno europeo, pero donde se puede apreciar que el peligro real existe y subsiste, quizá de una forma tan sutil que el modelo seguido no se ha reproducido en ningún otro lugar. Sómos únicos hasta para vestir al diablo.
Posted by libertad43 in 08:55:40 | Permalink | No Comments »